El permiso no aprieta los tornillos
Segurmanía
Hay que cambiar una válvula en la parte superior de un depósito. La intervención está programada, la contrata ha enviado su documentación y el permiso de trabajo lleva todas las firmas. Alguien pregunta si se puede empezar. —Está todo autorizado.
Aunque siempre hay algo de agobio y mucha prisa, es una respuesta tranquilizadora. Pero todavía no sabemos si se puede empezar.
Hay que cambiar una válvula en la parte superior de un depósito. La intervención está programada, la contrata ha enviado su documentación y el permiso de trabajo lleva todas las firmas. Alguien pregunta si se puede empezar.
—Está todo autorizado.
Aunque siempre hay algo de agobio y mucha prisa, es una respuesta tranquilizadora. Pero todavía no sabemos si se puede empezar.
No sabemos si la plataforma está correctamente situada, si la línea está aislada y sin presión, si debajo va a pasar una carretilla o si, al otro lado del depósito, otra empresa está preparando un trabajo de soldadura.
Sabemos que hay un permiso. Es un buen comienzo, pero el permiso no aprieta los tornillos, no cierra las válvulas y tampoco comprueba que hayamos cerrado las líneas correctas.
En las operaciones de alto riesgo, la organización del trabajo tiene que conseguir algo bastante más difícil que reunir firmas: hacer que las condiciones previstas en el procedimiento existan de verdad, en el lugar y en el momento de la intervención.
El sistema de permisos de trabajos especiales responde precisamente a esa necesidad de preparar y coordinar las intervenciones peligrosas. El INSST lleva décadas explicando su utilidad, especialmente en las operaciones de mantenimiento de la industria química.
El problema aparece cuando el documento, eso sí, con todas sus firmas, acaba sustituyendo a la conversación y a la comprobación.
Un trabajo en altura necesita un acceso adecuado, protección frente a las caídas, control de los objetos que puedan caer y una respuesta prevista si alguien queda suspendido. No basta con preguntar si la persona lleva arnés. También hay que saber dónde lo conecta y cómo vamos a auxiliarla si llega el caso.
En una intervención eléctrica, la planificación debe priorizar el trabajo sin tensión y establecer quién realiza y verifica la consignación. Que una máquina esté parada, o que su pantalla esté apagada, no demuestra que sea seguro intervenir.
En un espacio confinado, abrir la tapa no convierte el interior en un lugar respirable. Hay que prever el aislamiento, la evaluación de la atmósfera, las mediciones y la ventilación necesarias, la vigilancia exterior y un rescate que pueda ejecutarse sin improvisar una segunda víctima.
Si puede formarse una atmósfera explosiva, tendremos que controlar tanto su posible presencia como las fuentes de ignición, incluidos los equipos y las herramientas que introducimos. Y si intervenimos en maquinaria peligrosa, habrá que identificar y controlar todas sus energías: también la presión acumulada, una pieza elevada o un muelle comprimido.
Son riesgos distintos. Merecen procedimientos específicos. Pero comparten una pregunta organizativa:
¿Quién comprueba que todo eso está hecho antes de empezar?
No debería ser una pregunta difícil. Sin embargo, cuando intervienen producción, mantenimiento, prevención y dos contratas, resulta sorprendentemente fácil que cada cual dé por supuesto que lo ha comprobado otro.
Por eso es necesario concretar quién prepara la instalación, quién verifica las condiciones, quién autoriza, quién ejecuta y quién coordina las interferencias. También quién recibe el equipo cuando termina el trabajo y en qué condiciones puede volver a ponerse en marcha.
Y hace falta tiempo. Tiempo previsto en la programación, con personas disponibles y medios preparados. Si organizamos una parada contando solamente los minutos de ejecución, estamos convirtiendo todas las comprobaciones previas en retrasos. No debería extrañarnos que alguien intente abreviarlas.
Hay otro momento especialmente delicado: cuando cambia algo. Se incorpora otra persona, se interrumpe la ventilación, aparece un trabajo próximo o la reparación resulta distinta de la prevista. En ese instante, seguir trabajando porque «el permiso ya está firmado» equivale a utilizar el plano de una carretera después de que hayan cambiado el puente de sitio.
Hay que detenerse, revisar qué condiciones han variado y revalidar la intervención antes de continuar.
Eso exige que parar tenga respaldo real. Si cada interrupción termina en una discusión sobre el plazo, el procedimiento estará diciendo una cosa y la organización enseñando otra.
Si podemos tener un procedimiento bien armado de permisos de trabajo, digitalizarlos, simplificarlos y hacerlos más claros, debemos hacerlo. Pero la pregunta decisiva seguirá estando fuera de la pantalla:
—¿Está preparado el trabajo?
Y la respuesta tendrá que describir lo que hemos comprobado, no el lugar donde hemos firmado.
Luis Blanco Urgoiti
Secretario General de AVEQ-KIMIKA