¿Sabías que en verano las cubiertas metálicas pueden “planchar”?

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¿Sabías que en verano las cubiertas metálicas pueden “planchar”?

Con la llegada del verano, los trabajos al aire libre se enfrentan a un riesgo añadido: las altas temperaturas. En el caso de las cubiertas metálicas, la exposición directa a la radiación solar puede convertir estas superficies en auténticos focos de calor, aumentando considerablemente el riesgo para las personas que trabajan sobre ellas. Conocer este fenómeno y aplicar medidas preventivas resulta fundamental para proteger la salud de las personas que trabajan sobre ellas.

Con la llegada del verano, los trabajos al aire libre se enfrentan a un riesgo añadido: las altas temperaturas. En el caso de las cubiertas metálicas, la exposición directa a la radiación solar puede convertir estas superficies en auténticos focos de calor, aumentando considerablemente el riesgo para las personas que trabajan sobre ellas. Conocer este fenómeno y aplicar medidas preventivas resulta fundamental para proteger la salud de las personas que trabajan sobre ellas.

Trabajar sobre una cubierta metálica durante los meses más calurosos del año implica mucho más que soportar altas temperaturas ambientales. El metal absorbe y acumula gran cantidad de calor cuando está expuesto al sol, elevando notablemente la temperatura de la superficie. Este fenómeno, conocido popularmente como efecto “plancha”, incrementa el estrés térmico al que está expuesta la persona trabajadora y puede comprometer su capacidad física, dejándola “planchada”.

Esta sobre-exposición favorece la aparición de fatiga, deshidratación, pérdida de concentración y disminución de los reflejos. Estos efectos, que inicialmente pueden parecer leves, aumentan el riesgo de cometer errores durante la ejecución de las tareas y pueden favorecer la aparición de accidentes, especialmente en trabajos realizados en altura, donde cualquier pérdida de equilibrio o despiste puede tener consecuencias muy graves.

Por eso, el riesgo por calor debe planificarse y gestionarse de forma preventiva. La primera medida que se debe tomar consiste en evaluar las condiciones ambientales antes de iniciar los trabajos y adaptar la organización de la jornada cuando se prevean temperaturas elevadas u olas de calor intenso.

Siempre que sea posible, conviene programar las tareas sobre cubiertas durante las primeras horas de la mañana o en los momentos del día en los que la radiación solar es menor. Asimismo, es recomendable establecer pausas frecuentes en zonas de sombra o espacios frescos que permitan recuperar la temperatura corporal y reducir la carga térmica acumulada.

Es fundamental que las personas trabajadoras conozcan los primeros síntomas del estrés térmico, como mareos, debilidad, dolor de cabeza, calambres o confusión, y que comuniquen inmediatamente cualquier malestar. Del mismo modo, la supervisión entre compañeros puede facilitar la detección precoz de estas situaciones y permitir una actuación rápida antes de que evolucionen hacia un golpe de calor.

Por último, es imprescindible recordar que la hidratación constituye otra medida preventiva esencial. No debe esperarse a tener sed para beber agua, ya que la sed aparece cuando el organismo ya ha comenzado a deshidratarse. Mantener una hidratación adecuada durante toda la jornada contribuye a preservar la capacidad física y cognitiva, reduciendo el riesgo de errores derivados del agotamiento.

El verano no tiene por qué traducirse en un incremento de la accidentalidad. Anticiparse a los efectos del calor y conocer los riesgos siempre es el primer paso para evitarlos.

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